He venido a traer fuego a la tierra

El fuego de la Escritura. Bueno es el amor que posee alas de fuego ardiente para volar por el pecho y el corazón de los santos y que abrasa todo lo material y terreno que encuentra en ellos, y pone a prueba todo lo que es puro y mejora con el fuego todo lo que toca. Este fuego es el que ha mandado el Señor a la tierra y hace brillar la fe, si encuentra devoción, si está iluminada la caridad, si resplandece la justicia. Con este fuego inflamó el corazón de sus apóstoles como atestigua Cleofás, que dice: “¿No ardía dentro nuestro corazón mientras El nos explicaba el significado escondido de las Escrituras?”. Alas de fuego son, pues, las llamas de la divina Escritura.

San Ambrosio.Sobre Isaac o el alma, 8,77.

Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón

Guardar el tesoro en los cielos. Esto es lo que hace un tesoro: eleva hasta el cielo el corazón del hombre mediante la limosna o lo sepulta en la tierra por la avaricia. Por eso dijo: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Hombre, manda delante tu tesoro, envíale a los cielos para que no hundas tu alma celeste en la tierra. El oro proviene de la profundidad de la tierra, el alma de las alturas del cielo. Por tanto es mejor que el oro emerja hasta los tronos del alma, que el alma se sumerja en ese sepulcro del oro. Por eso, a los que se han despojado de todos los cuidados de las riquezas y se han liberado de todas las cosas, Dios les manda luchar a favor suyo en el mundo y les concederá reinar en el cielo.

San Pedro Crisólogo.- Sermón, 22,3.

Estad alerta y guardaos de toda avaricia

La codicia equivale a idolatría. Jesús no nos deja sin instrucción. Al encontrar una buena oportunidad pronuncia un discurso provechoso y salvífico. Así dice:”Estad alerta y guardaos de toda avaricia”. Nos enseñó que la codicia es una trampa del diablo y odiosa a Dios. El sabio Pablo incluso la llama idolatría, tal vez por ser apropiada sólo para los que no conocen a Dios, o como equivalente en la balanza a la deshonra de quienes prefieren servir a maderos y piedras. Es la trampa de los espíritus malignos, por medio de la cual arrastran el alma de una persona hasta las redes del infierno. Por ello, para prevenirlos El afirma muy bien: “Estad alerta y guardaos de toda avaricia, de lo grande y de lo pequeño y de no defraudar a nadie. La codicia es odiosa a Dios y a la humanidad.

San Cirilo de Alejandría.- Comentario al Evangelio de Lucas, 89.

¿Y quién es mi prójimo?

Todos son nuestros prójimos. Hay quienes creen que su prójimo es su hermano o su vecino o su pariente político o carnal. Pero en el evangelio el Señor nos enseña una parábola en la que se habla de aquel hombre que descendía desde Jerusalén a Jericó… Por tanto, todo hombre es nuestro prójimo y no debemos obrar mal contra nadie. Mas si consideramos como prójimo sólo a nuestros hermanos y parientes, ¿nos es lícito el hacer mal a los extraños? Lejos de nuestra mente dicha idea. Todos somos prójimos mutuamente, pues todos tenemos un único y mismo Padre.

San Jerónimo,- Tratado sobre los Salmos, 14.

Designó el Señor a otros setenta y dos

Los setenta y dos discípulos significan el futuro presbiterado. Consta, pues, que así como el número doce de los apóstoles es el comienzo del grado de la dignidad episcopal, así también los setenta y dos discípulos también fueron enviados por el Señor a predicar la palabra, significaron con su elección el orden del sacerdocio menor, que se llama presbiterado. Por eso, con razón el número de éstos figuró en la última parte del habito sacerdotal, el de aquellos en la primera. Convenía que los que han de ser mayores por el orden en el cuerpo del Sumo Sacerdote, esto es, en la Iglesia de Cristo, tuvieran figuradamente un lugar más elevado en el habito del pontífice modelo.

San Beda el Vwenerable.- Sobre el tabernáculo, 3,742-751.

Tomando los cinco panes y los dos peces

El pan es la palabra de Dios que crece místicamente. Este pan que parte Jesús es místicamente la palabra de Dios y un sermón de Cristo que aumenta mientras se distribuye. Con algunos sermones ha dado a todos los pueblos un alimento sobreabundante, nos ha dado los sermones como panes, y al gustarlos, se multiplican en nuestra boca. Más aún, visiblemente y de una manera increíble, cuando se parte este pan, cuando se lo distribuye, cuando se lo come, permanece intacto sin sufrir ninguna disminución… Los beneficios de Cristo son pocos en apariencias, pero inmenso en la realidad. No los otorga a uno solo, sino a toda la multitud. La comida aumenta en la boca de los que la comen; parece que era un alimento para el cuerpo, pero se tomaba para la salvación eterna.

San Ambrosio de Milán.- Exposición sobre el Evangelio de Lucas, 6,86,88.

El conocimiento que aún está por venir en la eternidad. Pienso que las palabras: Os enseñará toda verdad, u Os guiará a toda verdad, no pueden cumplirse en cualquier inteligencia en esta vida. En efecto, ¿quién viviendo en este cuerpo que corruptible, tan gravoso al alma, será capaz de conocer toda la verdad, si dice el Apóstol que sabemos sólo en parte? Pero es el Espíritu Santo, de quien hemos recibido ahora la prenda, el que nos garantiza que llegaremos a la plenitud de que habla el mismo Apóstol: Entonces le veremos cara a cara; y: Ahora conozco sólo en parte, pero entonces conoceré como soy conocido yo (1 Cor 13,9.12). No es en esta vida donde conoceremos todo ni donde llegaremos al perfecto conocimiento que el Señor nos prometió para el futuro mediante el amor del Espíritu Santo, al decir: Os enseñará toda la verdad, u Os guiará a toda verdad. 

San Agustín.- Comentarios sobre el evangelio de San Juan 96,4.

La venida del Espíritu Santo

La misión apostólica. Cristo envía a los discípulos lo mismo que el Padre le había enviado a Él, para que mediante estas palabras comprendieran la misión que les encomendaba, es decir, la de llamar a los pecadores a la penitencia, curar, en el cuerpo y en el espíritu, a los que estaban enfermos, y en el reparto de las cosas, no buscar ciertamente la propia voluntad, sino la voluntad de aquellos a los que eran enviados y, en la medida de lo posible, salvar con su enseñanza al mundo. Y no es difícil saber cuánto se prodigaron los santos apóstoles en todo: basta leer los Hechos de los Apóstoles y los escritos de san Pablo.

San Cirilo de Alejandría.- Comentario al Evangelio de Juan, 12,1.

Ascensión del Señor

Jesús asciende después de bendecir a sus discípulos. “Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”. Hay que advertir que, después de haber bendecido a los apóstoles, nuestro Salvador asciende a los cielos, y al mismo tiempo hemos de recordar que, como hemos leído en los Hechos de los Apóstoles, cuando ellos contemplaban su ascensión, unos ángeles que se les aparecieron les decían: “Vendrá así, tal como le habéis visto subir al cielo”. Por tanto debemos trabajar con premura para que el Señor, igual que vendrá a juzgar en la misma forma y sustancia de carne con la que ascendió, así también el que ascendió mientras bendecía a sus discípulos nos haga dignos de su bendición cuando vuelva, y nos haga participar en la suerte de aquellos a quienes, estando de pie a su derecha, les diga: “Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino”.San Beda el Venerable.– Homilías sobre los Evangelios, 2,15

Dios como huésped. Considerad, queridos hermanos, cuán grande dignidad sea ésta, el tener a Dios, que ha venido a hospedarse en el corazón. En verdad, si algún amigo rico y poderoso viniera a nuestra casa, a toda prisa limpiaríamos todo para que no hubiera tal vez en ella algo que molestara a la vista del amigo que viene. Pues a quien prepara a Dios la casa de su alma, haga desaparecer de ella las inmundicias de sus malas obras… Y es que viene a los corazones de algunos, pero no hace mansión; porque ante la presencia de Dios, sí, llegan a compungirse; pero al tiempo de la tentación se olvidan de aquello de que se habían compungido, y así vuelven a cometer los pecados como si no los hubieran llorado. Por consiguiente, quien de veras ama a Dios, quien guarda sus mandamientos, a su corazón viene Dios y, además, hace mansión; porque el amor de su divinidad le penetra de tal modo, que no se aparta de el al tiempo de la tentación. Por tanto, aquel cuyo corazón no se abandona a los placeres indignos es quien le ama de verdad.

San Gregorio Magno.– Homilías sobre los Evangelios, 2,30,2.