Designó el Señor a otros setenta y dos

Los setenta y dos discípulos significan el futuro presbiterado. Consta, pues, que así como el número doce de los apóstoles es el comienzo del grado de la dignidad episcopal, así también los setenta y dos discípulos también fueron enviados por el Señor a predicar la palabra, significaron con su elección el orden del sacerdocio menor, que se llama presbiterado. Por eso, con razón el número de éstos figuró en la última parte del habito sacerdotal, el de aquellos en la primera. Convenía que los que han de ser mayores por el orden en el cuerpo del Sumo Sacerdote, esto es, en la Iglesia de Cristo, tuvieran figuradamente un lugar más elevado en el habito del pontífice modelo.

San Beda el Vwenerable.- Sobre el tabernáculo, 3,742-751.

Tomando los cinco panes y los dos peces

El pan es la palabra de Dios que crece místicamente. Este pan que parte Jesús es místicamente la palabra de Dios y un sermón de Cristo que aumenta mientras se distribuye. Con algunos sermones ha dado a todos los pueblos un alimento sobreabundante, nos ha dado los sermones como panes, y al gustarlos, se multiplican en nuestra boca. Más aún, visiblemente y de una manera increíble, cuando se parte este pan, cuando se lo distribuye, cuando se lo come, permanece intacto sin sufrir ninguna disminución… Los beneficios de Cristo son pocos en apariencias, pero inmenso en la realidad. No los otorga a uno solo, sino a toda la multitud. La comida aumenta en la boca de los que la comen; parece que era un alimento para el cuerpo, pero se tomaba para la salvación eterna.

San Ambrosio de Milán.- Exposición sobre el Evangelio de Lucas, 6,86,88.

El conocimiento que aún está por venir en la eternidad. Pienso que las palabras: Os enseñará toda verdad, u Os guiará a toda verdad, no pueden cumplirse en cualquier inteligencia en esta vida. En efecto, ¿quién viviendo en este cuerpo que corruptible, tan gravoso al alma, será capaz de conocer toda la verdad, si dice el Apóstol que sabemos sólo en parte? Pero es el Espíritu Santo, de quien hemos recibido ahora la prenda, el que nos garantiza que llegaremos a la plenitud de que habla el mismo Apóstol: Entonces le veremos cara a cara; y: Ahora conozco sólo en parte, pero entonces conoceré como soy conocido yo (1 Cor 13,9.12). No es en esta vida donde conoceremos todo ni donde llegaremos al perfecto conocimiento que el Señor nos prometió para el futuro mediante el amor del Espíritu Santo, al decir: Os enseñará toda la verdad, u Os guiará a toda verdad. 

San Agustín.- Comentarios sobre el evangelio de San Juan 96,4.

La venida del Espíritu Santo

La misión apostólica. Cristo envía a los discípulos lo mismo que el Padre le había enviado a Él, para que mediante estas palabras comprendieran la misión que les encomendaba, es decir, la de llamar a los pecadores a la penitencia, curar, en el cuerpo y en el espíritu, a los que estaban enfermos, y en el reparto de las cosas, no buscar ciertamente la propia voluntad, sino la voluntad de aquellos a los que eran enviados y, en la medida de lo posible, salvar con su enseñanza al mundo. Y no es difícil saber cuánto se prodigaron los santos apóstoles en todo: basta leer los Hechos de los Apóstoles y los escritos de san Pablo.

San Cirilo de Alejandría.- Comentario al Evangelio de Juan, 12,1.

Ascensión del Señor

Jesús asciende después de bendecir a sus discípulos. “Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”. Hay que advertir que, después de haber bendecido a los apóstoles, nuestro Salvador asciende a los cielos, y al mismo tiempo hemos de recordar que, como hemos leído en los Hechos de los Apóstoles, cuando ellos contemplaban su ascensión, unos ángeles que se les aparecieron les decían: “Vendrá así, tal como le habéis visto subir al cielo”. Por tanto debemos trabajar con premura para que el Señor, igual que vendrá a juzgar en la misma forma y sustancia de carne con la que ascendió, así también el que ascendió mientras bendecía a sus discípulos nos haga dignos de su bendición cuando vuelva, y nos haga participar en la suerte de aquellos a quienes, estando de pie a su derecha, les diga: “Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino”.San Beda el Venerable.– Homilías sobre los Evangelios, 2,15

Dios como huésped. Considerad, queridos hermanos, cuán grande dignidad sea ésta, el tener a Dios, que ha venido a hospedarse en el corazón. En verdad, si algún amigo rico y poderoso viniera a nuestra casa, a toda prisa limpiaríamos todo para que no hubiera tal vez en ella algo que molestara a la vista del amigo que viene. Pues a quien prepara a Dios la casa de su alma, haga desaparecer de ella las inmundicias de sus malas obras… Y es que viene a los corazones de algunos, pero no hace mansión; porque ante la presencia de Dios, sí, llegan a compungirse; pero al tiempo de la tentación se olvidan de aquello de que se habían compungido, y así vuelven a cometer los pecados como si no los hubieran llorado. Por consiguiente, quien de veras ama a Dios, quien guarda sus mandamientos, a su corazón viene Dios y, además, hace mansión; porque el amor de su divinidad le penetra de tal modo, que no se aparta de el al tiempo de la tentación. Por tanto, aquel cuyo corazón no se abandona a los placeres indignos es quien le ama de verdad.

San Gregorio Magno.– Homilías sobre los Evangelios, 2,30,2.

Un mandamiento nuevo

El amor da cumplimiento a la Ley. El que antes había prohibido el homicidio, ahora prohíbe la simple ira; el que antes había prohibido el adulterio, ahora prohíbe el deseo ilegítimo; el que antes prohibía el robo, ahora declara dichoso a quien ayuda a los necesitados con su propio trabajo; el que antes había prescrito el odio a los enemigos, ahora ordena el amor a los enemigos.

Constituciones apostólicas 6,23.

Si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos

Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen. Aquí encuentro a todos los pastores en uno solo. No faltan los buenos pastores, pero se hallan en uno solo. Los que están divididos son muchos. Aquí se anuncia uno solo porque se recomienda la unidad. Quizá digas que ahora no se habla de pastores, sino de un solo pastor, porque no encuentra el Señor a quien confiar sus ovejas. Entonces las confió porque encontró a Pedro. Al contrario, en el mismo Pedro nos recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles y a uno sólo se dice: Apacienta mis ovejas (Jn 21,16). ¡Lejos de nosotros afirmar que faltan ahora buenos pastores; lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no los haga nacer y otorgue! En efecto, si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo.

San Agustín.- Sermón, 46,30.

¡Es el Señor!

Los discípulos sabían que Él era Dios y hombre. Después de la resurrección de Jesús se encontraban junto a la orilla, mientras los discípulos estaban en la barca; cuando los demás no le reconocían, el discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: “Es el Señor”. El primero que reconoció al cuerpo virginal fue la virginidad. Jesús era el mismo que antes, pero no le reconocieron todos. E inmediatamente el evangelista añade que nadie se atrevió a preguntarle ¿tú quién eres? Sabían que era el Señor. Nadie se atrevía porque era Dios. Comieron con Él, porque veían que era un hombre y que tenía carne, no porque fuera una persona como Dios y otra como hombre, sino porque al ser uno y el mismo Hijo de Dios lo reconocían como hombre y lo adoraban como Dios.

San Jerónimo.- Contra Juan de Jerusalén, 35.

Quería creer con los dedos

Escuchasteis cómo el Señor alaba a los que creen sin haber visto por encima de los que creen porque han visto y hasta han podido tocar. Cuando el Señor se apareció a sus discípulos, el apóstol Tomás estaba ausente; habiéndole dicho ellos que Cristo había resucitado, les contestó: Si no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20,25). ¿Qué hubiese pasado si el Señor hubiese resucitado sin las cicatrices? ¿O es que no podía haber resucitado su carne sin que quedaran en ella rastro de las heridas? Lo podía; pero si no hubiese conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas de nuestro corazón. Al tocarle lo reconoció. Le parecía poco el ver con los ojos; quería creer con los dedos. «Ven -le dijo-; mete aquí tus dedos, no suprimí toda huella, sino que dejé algo para que creyeras; mira también mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (ib., 27). Tan pronto como le manifestó aquello sobre lo que aún le quedaba duda, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (ib., 28). Tocaba la carne y proclamaba la divinidad.

San Agustín.- Sermón 145 A