Solemnidad de Santiago Apóstol

Dos discípulos de nuestro Señor, los santos y magníficos hermanos Juan y Santiago, según leemos en el evangelio, desearon que el Señor les concediese el sentarse en su reino uno a la derecha y otro a la izquierda. No anhelaron ser reyes de la tierra, no desearon que les otorgase honores perecederos, ni que los colmase de riquezas… sino que pidieron algo grande y estable: ocupar unos asientos imperecederos en el reino de Dios. ¡Gran cosa era la que desearon! No fueron reprendidos en su deseo, pero sí encaminados hacia un orden. El Señor vio en ellos un deseo de grandeza y se dignó enseñarles el camino de la humildad, como diciéndoles: «Daos cuenta de lo que apetecéis, daos cuenta de que yo estoy con vosotros; y yo, que os hice y descendí hasta vosotros, llegué hasta humillarme por vosotros»… Os invito ahora a leer las palabras exactas que allí se hallan, para que veáis de dónde han salido las que os he dicho. Una vez que el Señor escuchó la petición de los hermanos, les dijo: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? (Mt 20,22). Vosotros deseáis sentaros a mi lado, pero debéis contestarme antes a lo que os pregunto: ¿Podéis beber el cáliz qué yo he de beber? ¿No os resulta amargo el cáliz de la humildad, a vosotros que buscáis los puestos de grandeza?

San Agustín.- Sermón 20 A, 6-8.

Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco

El trabajo bien hecho. Cuando se detecta una enorme felicidad de los días de trabajo de los maestros, al mismo tiempo se demuestra el entusiasmo de los discípulos. Ojalá que en nuestros días los ministros de la Palabra insistan tanto al auditorio de fieles que no tengan tiempo libre para preocuparse del cuerpo.

San Beda el Venerable.- Exposición al Evangelio de Marcos, 2,5,31.

No llevéis nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón

Preceptos y consejos divinos. ¿Acaso manda a todos no tener más que dos túnicas, ni comida en la despensa, ni dinero en la bolsa, ni un bastón en la mano, ni calzado para los pies? ¿Qué vendan todo lo que poseen, lo den a los pobres, y sigan a Jesús? Ciertamente no, sino sólo a los que quieran ser perfectos… En el Evangelio, el Señor dice al muchacho que se jactaba de haber cumplido la ley: “Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y sígueme”. Parece que no desea imponer una carga pesada a los que no quieren, por eso lo dejó a la propia voluntad del que oía, diciendo: “Si quieres ser perfecto”.

San Jerónimo.-Contra Joviniano, 2,6.

Y no podía hacer allí ningún milagro

Obstáculos a la gracia de Dios. Cristo confió entre algunos de manera sobreabundante el poder de las curaciones, hasta el punto que el evangelista pudo decir: “Y curó a todos de sus enfermedades”. Pero con otros el abismo sin fondo de todas sus buenas acciones se cerró de tal manera que por eso se dice: “Jesús no podía hacer con ellos ningún milagro por culpa de la incredulidad de aquellos”. La liberalidad de Dios se acopla a la capacidad de la fe humana de tal forma que pudiera decir a uno: “Hágase conforme a tu fe”; y a otro: “Vete, que se cumpla conforme has creído”, y a un tercero: “Que se haga lo que deseas”, y también a otro: “Tu fe te ha salvado”.

Juan Casiano.- Conferencia, 13,15.

Curación de la hemorroisa

Ironías sobre su curación. Gloria a ti, Hijo de la substancia escondida, puesto que mediante la enfermedad oculta y los tormentos de una mujer afligida por el flujo de sangre, fue anunciada tu curación oculta, y la muchedumbre pudo contemplar la divinidad oculta por medio de una mujer visible. Mientras que el Hijo curaba, aparecía su divinidad, y mediante la curación del flujo de sangre de una mujer, se manifiesta su fe. Ella le hizo objeto de su predicación, e incluso ella misma era predicada juntamente con Él; tanto la verdad como sus pregoneros eran a la vez proclamados. Lo mismo que esta mujer fue testimonio claro de la divinidad del Señor, también Él fue testimonio de la fe de ella. La mujer le entregó su fe y a cambio, como recompensa, Él le concedió la curación.

San Efrén de Nisibe.- Comentario al Diatessaron, 7, 1-2.

La barca ya se inundaba

Probando a los discípulos. Mientras el Señor dormía reclinado probaba a sus discípulos y forzaba el milagro, lo que incluso puede llevar a contrición a los malos. Cuando despertó, increpó al mar y se calmó la tempestad, les demostró dos cosas: que aquella tempestad del mar no era sólo por culpa de los vientos, sino por el temor hacia su Señor que caminaba sobre el mar; y en segundo lugar, porque el Señor que increpó al mar no era una criatura, sino su Creador.

San Atanasio.- Carta festal, 29.

Duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece

Perfección del bien obrar. El hombre echa la semilla en la tierra cuando forma en su corazón el buen propósito; y después de haber echado la semilla se duerme, porque ya descansa en la esperanza de haber obrado bien; pero se levanta de noche, porque marcha entre lo próspero y lo adverso; y la semilla germina y crece sin él darse cuenta, porque, aunque todavía no puede advertir su crecimiento, la virtud, una vez concebida, camina a la perfección, y de suyo la tierra fructifica, porque, con la gracia proveniente, el alma del hombre se levanta espontáneamente a la perfección del bien obrar.

San Gregorio Magno.- Homilías sobre Ezequiel, 2,3,5.

Recibid, pues, y comed el cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros mismos en miembros de Cristo, en el cuerpo de Cristo; recibid y bebed la sangre de Cristo. No os desvinculéis, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. A la manera como se transforma en vosotros cualquier cosa que coméis o bebéis, transformaos también vosotros en el cuerpo de Cristo viviendo en actitud obediente y piadosa. Cuando se acercaba ya el momento de su pasión y estaba celebrando la pascua con sus discípulos, él bendijo el pan que tenía en sus manos y dijo: Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros (1 Cor 11,24). Igualmente les dio el cáliz bendecido, diciendo: Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos para el perdón de los pecados (Mt 26,28). Estas cosas las leíais en el evangelio o las escuchabais, pero ignorabais que esta eucaristía era el Hijo; ahora, en cambio, rociado vuestro corazón con la conciencia limpia y lavado vuestro cuerpo con el agua pura, acercaos a él y seréis iluminados y vuestros rostros no se avergonzarán (Sal 33,6). Si recibís santamente este sacramento que pertenece a la nueva alianza y os da motivo para esperar la herencia eterna, si guardáis el mandamiento nuevo de amaros unos a otros, tendréis vida en vosotros, pues recibís aquella carne de la que dice la Vida misma: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo (Jn 6,52) y quien no coma mi carne y beba mi sangre, no tendrá vida en sí.

San Agustín.- Sermón 228B, 3-4.

Ante ti está mi ciencia y mi ignorancia

Señor y Dios mío, en ti creo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No diría la Verdad: Id, bautizad a todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19), si no fueras Trinidad. Y no mandarías a tus siervos ser bautizados, mi Dios y Señor, en el nombre de quien no es Dios y Señor. Y si tú, Señor, no fueras al mismo tiempo Trinidad y un solo Dios y Señor, no diría la Palabra divina: Escucha, Israel: el Señor tu Dios es un Dios único (Dt 6,4). Y si tú mismo fueras Dios Padre y fueras también Hijo, tu palabra Jesucristo, y el Espíritu fuera vuestro Don, no leeríamos en las Escrituras canónicas: Envió Dios a su Hijo (Gál 4,4; Jn 3,17); ni tú, ¡oh Unigénito!, dirías del Espíritu Santo: Que el Padre enviará en mi nombre (Jn 14,26), y que yo os enviaré de parte del Padre (Jn 15,26).

Fijé mi atención en esta regla de fe; te he buscado según mis fuerzas y en la medida en que tú me hiciste poder, y anhelé ver con mi inteligencia lo que creía mi fe, y disputé y me afané en demasía. Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte; ansíe siempre tu rostro con ardor. Dame fuerzas para la búsqueda, tú que hiciste que te encontrara y me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante ti está mi firmeza y mi debilidad; sana ésta, conserva aquélla. Ante ti está mi ciencia y mi ignorancia; si me abres, recibe al que entra; si me cierras, abre al que llama. Haz que me acuerde de ti, te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta la reforma completa.

San Agustín.- La Trinidad, VX, 28,51.