En la montaña

 ¿Por qué sube el Señor al monte? Para enseñarnos que nada hay como el desierto y la soledad cuando tenemos que suplicar a Dios. De ahí la frecuencia con que se retira a lugares solitarios y allí se pasa las noches en oración para enseñarnos que, para la oración, hemos de buscar la tranquilidad del tiempo y del lugar. El desierto es, en efecto, padre de la tranquilidad, un puerto de calma que nos libra de todos los alborotos.

San Juan Crisóstomo.- Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 50,1.

Dadles vosotros de comer

           Dadles vosotros. Mas vosotros, os ruego, considerad la sabiduría del maestro y cuán discretamente los va conduciendo a la fe. Porque no les dijo de pronto: “yo les voy a dar de comer”, pues no les hubiera parecido creíble. “Jesús –afirma el evangelista- les dijo”. ¿Qué les dijo? “No tienen necesidad de irse: Dadles vosotros de comer”. No dijo: “yo les daré de comer”, sino: “Dadles vosotros de comer”.

            Es que todavía le miraban como a un hombre. Y de hecho, ni aun así caen en la cuenta, sino que siguen hablando con El como con un hombre y le contestan: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. De ahí que Marcos advierta que los discípulos no entendieron lo que el Señor les dijo, “pues su corazón estaba endurecido”.

San Juan Crisóstomo.- Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 49,1.

Comparación entre el cielo y el comerciante de perlas

También se dice que es semejante el reino de los cielos a un comerciante que anda en busca de buenas perlas, y hallando una muy preciosa, vende cuanto tiene y la compra; porque quien llega a conocer perfectamente la dulzura de la vida celestial, en cuanto es posible, abandona con sumo gusto todo cuanto amaba. En comparación de aquella, nada tiene valor, y el alma abandona todo cuanto había adquirido, derrama todo cuanto había congregado, se enardece con el amor de las cosas celestiales, no siente placer en las cosas terrenas y considera como deforme todo lo que le parecía bello en la tierra, porque sólo brilla en el alma el resplandor de aquella perla preciosa. Acerca de este amor dice Salomón: “El amor es fuerte como la muerte” (Cant. 8,6); porque así como la muerte quita la vida al cuerpo, así también el amor de la vida eterna mata al amor de las cosas corporales. El que está perfectamente posesionado de este amor, queda como insensible a los deseos terrenos.

San Gregorio Magno.- Homilías sobre los Evangelios, 11,2.

El más grande de los arbustos

“La predicación evangélica ha sido administrada como planta medicinal a Israel, que estaba enfermo. Pero ahora, entre las ramas del árbol que se eleva desde el suelo hasta el cielo anidan las aves celestes. Nosotros entendemos que estas ramas significan a los apóstoles, que se extendieron por el poder de Cristo y cubren con su sombra el mundo. Los gentiles han volado hacia ellos con la esperanza de la vida y allí han descansado como en las ramas de un árbol, al resguardo de los furiosos vientos como son el soplo y el aliento del diablo”.

Hilario de Poitiers.- Sobre el Evangelio de Mateo 13,4.

Tres tipos de resultados

“Pero el que fue sembrado en tierra buena es el que oye la palabra y la comprende, éste produce fruto”. Así como había tres variedades en la tierra mala: junto al camino, lugares pedregosos y sitios espinosos, así también hay tres variedades en la tierra buena: produce ya sea cien, ya sesenta, ya el treinta por uno. Tanto en una como en otra lo que cambia no es la substancia, sino la disposición. Los que reciben la semilla son los corazones tanto de los incrédulos como de los creyentes. “Viene el maligno”, dice, y arrebata lo sembrado en sus corazones. Por segunda y tercera vez, dice: “Éste es el que escucha la palabra”. También en la explicación de la tierra buena dice, éste es “el que escucha la palabra”. Por tanto primero debemos escuchar, luego entender y después de haber entendido, producir el fruto de la enseñanza, y dar cien, sesenta o treinta.

San Jerónimo.- Comentario al Evangelio de Mateo, 2,13-23.

Aprended de mí a amar

“Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí”, no a fabricar el mundo, no a crear todo lo visible e invisible, no a hacer milagros en el mismo mundo y a resucitar a los muertos, sino “que soy manso y humilde de corazón”. ¿Quieres ser grande? Comienza por lo ínfimo. ¿Piensas construir un gran edificio en altura? Piensa primero en el cimiento de la humildad. Y cuanta mayor mole pretende alguien imponer al edificio, cuanto más elevado sea el edificio, tanto más profundo cava el cimiento. Cuando el edificio se construye sube a lo alto; pero quien cava cimientos se hunde en la zanja. Luego el edificio se humilla antes de elevarse y después de la humillación se remonta hasta el remate.

San Agustín.- Sermón 69,2.

Llevar la cruz

Lleva su cruz, quien está preparado para afrontar cualquier peligro por Dios, incluso hasta la muerte, si fuera necesario, antes que abandonar a Cristo. Tal persona, aunque alcance la misericordia de Dios, está preparada –en cuanto a su propósito- para ser atormentada cada día. Por tanto, aunque no le sucediese nada de eso, sin embargo recibirá su recompensa. Así pues, se remunera la voluntad, no el hecho, porque la voluntad procede de nuestro arbitrio; el acto, en cambio, se consuma por medio de la gracia de Dios. “El que halla su vida, la perderá”. Es mejor morir por Dios y vivir eternamente, que vivir por los intereses humanos y morir eternamente. Si Él murió por nosotros, que no podía morir salvo que quisiese, ¡cuánto más nosotros debemos morir por Él que, aunque no queramos, somos mortales! Si el Señor murió por los siervos sin recibir una recompensa, es mucho más justo que el siervo muera por el Señor, y lo haga con una recompensa.

Anónimo.- Obra incompleta sobre el Evangelio de Mateo,  26. P.G. 56,769.

Decidlo a plena luz

Nosotros no leemos que el Señor tenga la costumbre de hacer declaraciones durante la noche y de transmitir sus enseñanzas entre tinieblas. Más bien, todos sus discursos son como tinieblas para los hombres carnales y su palabra es como noche para los que no tienen fe; cada uno debe anunciar mediante una confesión de fe libre lo que ha dicho. Por eso Cristo manda predicar en la luz lo que se ha dicho en tinieblas, para que lo que se ha confiado secretamente al oído se entienda en las techumbres, o sea, mediante una proclamación que se eleva desde la boca del que habla.

San Hilario de Poitiers.- Sobre el Evangelio de Mateo, 10,17.

Escribo a todas las iglesias, y hago saber a todos que de mi propio libre albedrío muero por Dios, a menos que vosotros me lo estorbéis. Os exhorto, pues, que no uséis de una bondad fuera de sazón. Dejadme que sea entregado a las fieras puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro [de Cristo]. Antes atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás, y así, cuando pase a dormir, no seré una carga para nadie. 

Entonces seré verdaderamente un discípulo de Jesucristo, cuando el mundo ya no pueda ver mi cuerpo. Rogad al Señor por mí, para que por medio de estos instrumentos pueda ser hallado un sacrificio para Dios. No os mando nada, cosa que hicieron Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo soy un reo; ellos eran libres, pero yo soy un esclavo en este mismo momento. Con todo, cuando sufra, entonces seré un hombre libre de Jesucristo, y seré levantado libre en Él. Ahora estoy aprendiendo en mis cadenas a descartar toda clase de deseo.

San Ignacio de Antioquía.- Carta a los romanos IV.

Trinidad de personas en la unidad de la esencia divina

9. Tal es la virtud de esta unidad substantiva en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, que todo lo que se predica en sentido absoluto de cada uno, no se predica en plural, sino en singular.

Así decimos que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, y nadie duda que Dios sea substancia; sin embargo, no hay tres dioses, sino un solo Dios, que es la Trinidad excelsa. Grande es el Padre, grande el Hijo y grande es el Espíritu Santo; pero no hay tres grandes, sino un solo grande….

Bueno es el Padre, bueno el Hijo y bueno el Espíritu Santo; sin embargo, no son tres los buenos, sino uno solo, de quien se dijo: Nadie es bueno sino solo Dios. Al joven que como hombre le llamaba Maestro bueno, nuestro Señor Jesucristo, elevando su pensamiento, no le dice que nadie es bueno sino sólo el Padre, sino: Nadie es bueno sino solo Dios. En el nombre de Padre sólo el Padre se incluye; mas en la palabra Dios se incluye al Hijo y el Espíritu Santo, pues en la Trinidad sólo hay un Dios.

Y así, omnipotente es el Padre, omnipotente el Hijo y omnipotente el Espíritu Santos; pero no existen tres omnipotentes, sino un solo Omnipotente, por quien, en quien y para quien son todas les cosas; a Él la gloria.

En resumen: cuanto atañe a la naturaleza de Dios, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, esto es, del Dios Trinidad, se ha de predicar en singular de cada una de las divinas personas, y no en plural; pues para Dios no es una realidad el ser y otra el ser grande, porque en Él se identifica el ser y la grandeza; y así como no decimos tres esencias, sino una, así tampoco decimos tres grandezas, sino una grandeza. Llamo esencia, y más comúnmente substancia, al ousía de los griegos.

San Agustín.- Tratado sobre la TrinidadV, 9.