La alegría pascual

Ved qué alegría, hermanos míos; alegría por vuestra asistencia, alegría de cantar salmos e himnos, alegría de recordar la pasión y resurrección de Cristo, alegría de esperar la vida futura. Si el simple esperarla nos causa tanta alegría, ¿qué será el poseerla? Cuando estos días escuchamos el aleluya, ¡cómo se transforma el Espíritu! ¿No es como si gustáramos un algo de aquella ciudad celestial? Si estos días nos producen tanta alegría, ¿qué sucederá aquel en que se nos diga:

Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino; cuando todos los santos se encuentren reunidos, cuando se encuentren allí quienes no se conocían antes, se reconozcan quienes se conocían; allí donde la compañía será tal que nunca se perderá un amigo ni se temerá un enemigo? Hemos, pues proclamado el Aleluya; es cosa buena y gozosa, llena de alegría, de placer y de suavidad.

Con todo, si estuviéramos diciéndolo siempre, llegaríamos a cansarnos; pero como va asociado a cierta época del año, ¡con qué placer llega, con qué ansia de que vuelva se va! ¿Habrá allí acaso idéntico gozo e idéntico cansancio? No, no lo habrá. Quizá diga alguien: «¿Cómo puede suceder que no engendre cansancio el repetir siempre lo mismo?». Si consigo mostrarte algo en esta vida que nunca llegue a cansar, has de creer que allí todo será así. Se cansa uno de un alimento, de una bebida, de un espectáculo; se cansa uno de esto y de aquello, pero nadie se cansó nunca de la salud. Así, pues, como aquí, en esta carne mortal y frágil, en medio del tedio originado por la pesantez del cuerpo, nunca ha podido darse que alguien se cansara de la salud, de idéntica manera tampoco allí producirá cansancio la caridad, la inmortalidad o la eternidad.

San Agustín.- Sermón 299 B,2.

            El impresionante misterio del sábado  santo, su abismo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época  un tremendo realismo. Porque esto es el sábado santo: el día del  ocultamiento de Dios, el día de esa inmensa paradoja que  expresamos en el credo con las palabras «descendió a los  infiernos», descendió al misterio de la muerte. El viernes santo  podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo está  vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha  terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un  fanatismo. Ningún Dios ha salvado a este Jesús que se llamaba su  hijo. Podemos estar tranquilos; los hombres sensatos, que al  principio estaban un poco preocupados por lo que pudiese suceder,  llevaban razón.

            Sábado santo, día de la sepultura de Dios: ¿No es éste, de forma  especialmente trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse  nuestro siglo en un gran sábado santo, en un día de la ausencia de  Dios, en el que incluso a los discípulos se les produce un gélido  vacío en el corazón y se disponen a volver a su casa avergonzados  y angustiados, sumidos en la tristeza y la apatía por la falta de  esperanza mientras marchan a Emaús, sin advertir que aquél a  quien creen muerto se halla entre ellos?

            Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos  dado realmente cuenta de que esta frase está tomada casi  literalmente de la tradición cristiana, de que hemos rezado con  frecuencia algo parecido en el vía-crucis, sin penetrar en la terrible  seriedad y en la trágica realidad de lo que decíamos? Lo hemos  asesinado cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y  costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad  irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de  museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de  nuestra vida, que lo oscurece a él mismo; porque, ¿qué puede  hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y la  caridad tan discutibles de sus creyentes?

            La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte  cada vez más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Se  refiere también a nosotros. Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo  consolador Porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo  tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio  más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de  una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del naufragio  del viernes santo, a través del silencio mortal del sábado santo,  pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y  qué significaba verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por  ellos para poder vivir de verdad en ellos. La imagen que se habían  formado de él, en la que intentaban introducirlo, debía ser  destrozada para que a través de las ruinas de la casa deshecha  pudiesen contemplar el cielo y verlo a él mismo, que sigue siendo la  infinita grandeza. Necesitamos las tinieblas de Dios, necesitamos el  silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su  grandeza, el abismo de nuestra nada, que se abriría ante nosotros  si él no existiese.

JOSEPH RATZINGER

San León MAGNO, en su 2.° sermón sobre la Pasión, nos señala cuáles han de ser nuestros pensamientos ante la cruz:Así pues, para nosotros, amadísimos, que en Cristo crucificado no encontramos un motivo de escándalo ni una locura sino la fortaleza y la sabiduría de Dios; para nosotros, digo, raza espiritual de Abrahán, no engendrados en una descendencia esclava sino regenerados en una familia libre; nosotros por quienes fue inmolado el Cordero verdadero e inmaculado, Cristo, después de haber sido sacados de la opresión y de la tiranía de Egipto por una mano poderosa y un brazo extendido; estrechemos este admirable sacramento de la Pascua salutífera, y reformémonos según la imagen del que fue hecho conforme a nuestra deformidad.

Elevémonos hasta aquel que con el polvo de nuestra abyección ha hecho un cuerpo para su gloria; y para merecer tener parte en su resurrección, pongámonos plenamente de acuerdo con su humildad y su paciencia. Grande es el nombre de aquel a cuyo servicio nos hemos alistado, y grande el estado cuya regla hemos asumido. Los que sirven a Cristo no tienen derecho a salirse del camino real…

(San León Magno, Sermón 2 sobre la Pasión, SC 74, 39; CCL 138 A. 315).

Habiendo dicho Cristo: Este es mi cuerpo (Mt 26,28), no vacilemos un instante,sino creamos, viéndolo con los ojos del entendimiento, pues sus dones son invisibles, si bien nos los da por medio de cosas sensibles. Así en el bautismo se nos concede aquel don por el agua, que es una cosa sensible; empero lo que por ella se confiere, esto es, la regeneración y renovación, son algo inteligible. Si tu fuera incorpóreo, te hubiera dado unos dones puramente incorporales, pero como tu alma está unida al cuerpo, te comunica lo inteligible por lo sensible. Cuantos hay que dirán: Quisiera ver su figura y su rostro, sus vestiduras, su calzado. A El mismo ves, a El mismo tocas, a El mismo comes. Deseas ver sus vestiduras, pues El se entrega a sí mismo, no solamente para que le veas, sino también para que lo toques y le tengas dentro de ti.

San Juan Crisóstomo.- Homilías sobre el evangelio de San Mateo. Homilía 82.

DOMINGO DE RAMOS

Cristo crucificado es, para los infieles, escándalo y necedad; para nosotros, en cambio, el poder y la sabiduría de Dios. He aquí la debilidad de Dios que es más fuerte que los hombres, y la necedad de Dios más sabia que los hombres. El sucederse de los acontecimientos lo mostró con mayor claridad aún. ¿Qué buscaba entonces la ira rabiosa de los enemigos, sino arrancar su memoria de la tierra? Pero quien fue crucificado en una sola nación se ha asentado en los corazones de tantas otras y quien entonces fue entregado a la muerte en un solo pueblo, ahora es adorado por todos. Y, sin embargo, no sólo entonces, sino incluso ahora, leen como ciegos y cantan como sordos lo que la voz profética anunció con tanta antelación que había de suceder: Taladraron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos; ellos, sin embargo, me contemplaron; dividieron mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes (Sal 21,17-19). En el evangelio leemos que estas cosas se cumplieron tal y como fueron anunciadas en el salmo; pero entonces se hacía realidad por manos de los judíos lo que en balde entraba por sus oídos; y la profetizada pasión del Señor se cumplía tanto más eficazmente cuanto menos la comprendían ellos. Ahora, en cambio, leen que ha sido predicha y reconocen que se ha cumplido, y eligen todavía negar a Cristo, porque ya no pueden volver a darle muerte… Por tanto, amadísimos, celebremos este aniversario con devoción; gloriémonos en la cruz de Cristo, pero no una sola vez al año, sino con una vida continua de santidad.

Sermón 218 B

El próximo 1 do noviembre se suspenden los pases de turismo de las 16:30 y de las 17:30 horas. El motivo es la Profesión Solemne del Hermano César, que será a las 17:00 horas

La misa de las 11:45 horas también se suspende por el mismo motivo.

Dom Enrique Trigueros Castillo es el nuevo Superior del Monasterio de Oseira. Tras tres años de mandato del Padre Alfonso Lora Astudillo, el pasado 11 de noviembre, el Padre Enrique ha sido elegido para desempeñar la función de Superior del Monasterio.

El nuevo Superior procede del Monasterio de San Isidro de Dueñas, en donde era Prior y Abad emérito. Nacido en Barcelona ingresó con 23 años en el Monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia), en donde hizo su Profesión Temporal (29 de junio de 1967) y Solemne (15 de agosto de 1970). Fue Superior de la Fundación Virgen de Curutarán (México), de Santa María de las Escalonias (Córdoba), de San Isidro de Dueñas, donde además fue Abad durante dos sexenios (2000/2012) y, ahora comienza una nueva etapa como Superior ad nutum en Oseira, según el nombramiento de Dom José Antonio Gimeno, Superior ad nutum de San Isidro y Padre Inmediato de Oseira.

Confiamos en el buen hacer del Padre Enrique, así como agradecemos la labor del Padre Alfonso, quien seguirá siendo un pilar fundamental en el día a día de la Comunidad.

 

Dom Enrique Trigueros (29 de noviembre de 2018. Oseira)
Dom Enrique Trigueros (29 de noviembre de 2018. Patio de los Caballeros. Monasterio de Oseira)

 

 

 

 

Os recordamos los horarios de la celebraciones de los próximos días:

Domingo de Ramos : Procesión y Eucaristía 11:30 horas
Jueves:
“Misa de la Cena del Señor” 18:00 horas
Viernes: “Celebración de la Pasión del Señor” 17:00 horas
Sábado: Solemne Vigilia Pascual 23:00 horas
Domingo : Misa en horario normal 11:30

Nota: Los pases turísticos se mantienen en los horarios habituales, pudiendo haber algún retraso por motivo de los oficios en la iglesia.