Comed la Vida, bebed la Vida

Pues, ¿qué será el ver al Hijo del hombro subir a donde estaba antes? Está claro: si pudo subir integro, no pudo ser consumido. Así, pues, nos dio en su cuerpo y sangre un saludable alimento, y, a la vez, en dos palabras resolvió la cuestión de su integridad. Coman, por tanto, quienes lo comen y beban los que lo beben; tengan hambre y sed; coman la Vida, beban la Vida. Comer esto es rehacerse; pero de tal modo te rehaces, que no se deshace aquello con que te rehaces. Y beber aquello, ¿qué cosa es sino vivir? Cómete la vida, bébete la vida; tú tendrás vida sin mengua de la Vida. Entonces será esto, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo será vida para cada uno, cuando se coma espiritualmente lo que en este sacramento se toma visiblemente, y se beba espiritualmente lo que significa. Porque se lo hemos oído decir al Señor: El espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros, dice, algunos que no creen (Jn 6,64-65). Eran los que decían: ¡Cuán duras palabras son éstas!, ¿quién las puede aguantar? (Jn 6,62). Duras, sí, más para los duros; es decir, son increíbles, mas para los incrédulos.

San Agustín.- Sermón 131,1

Constitución Apostólica  «MUNIFICENTISSIMUS DEUS» 

San Juan Damasceno, que se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición, considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de los otros privilegios suyos, exclama con vigorosa elocuencia: «Era necesario que Aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que Aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que Aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios».

San Juan Damasceno..- Encomium in Dormitionem Dei Genitricis semperque Virginis Mariae, hom. II, 14.

Dame un corazón amante y comprenderá lo que digo

            Si te das cuenta, se ha dicho aquí: Nadie viene a mí, si no lo atrae mi Padre (Jn 6,44). No pienses que te atrae por la fuerza. Al alma la atrae también el amor. No hemos de temer el reproche que tal vez, a partir de este texto evangélico, puedan hacernos quienes sólo se fijan en las palabras y están muy lejos de comprender lo que ante todo son cosas divinas. Pueden decirnos: «¿Cómo voy a creer yo libremente, si soy atraído?». Respondo: «No sólo te atrae con libertad por tu parte, sino incluso con placer». ¿Qué significa ser atraído con placer? Pon tus delicias en el Señor y él te dará lo que le pide tu corazón (Sal 36,4). Hay también cierto placer del corazón, al que resulta dulce aquel pan celestial. Si el poeta pudo decir: «Cada cual se siente atraído por su placer» (VIRGILIO, Églogas 2); no por la necesidad, sino por el placer, no por la violencia, sino por el deleite, ¿con cuánta mayor razón debemos decir que es atraído a Cristo el hombre cuyo deleite es la verdad, la felicidad, la justicia y la vida sempiterna, todo lo cual es Cristo?

San Agustín.- Comentario al evangelio de San Juan 26,4-7.

Solemnidad de Santiago Apóstol

Dos discípulos de nuestro Señor, los santos y magníficos hermanos Juan y Santiago, según leemos en el evangelio, desearon que el Señor les concediese el sentarse en su reino uno a la derecha y otro a la izquierda. No anhelaron ser reyes de la tierra, no desearon que les otorgase honores perecederos, ni que los colmase de riquezas… sino que pidieron algo grande y estable: ocupar unos asientos imperecederos en el reino de Dios. ¡Gran cosa era la que desearon! No fueron reprendidos en su deseo, pero sí encaminados hacia un orden. El Señor vio en ellos un deseo de grandeza y se dignó enseñarles el camino de la humildad, como diciéndoles: «Daos cuenta de lo que apetecéis, daos cuenta de que yo estoy con vosotros; y yo, que os hice y descendí hasta vosotros, llegué hasta humillarme por vosotros»… Os invito ahora a leer las palabras exactas que allí se hallan, para que veáis de dónde han salido las que os he dicho. Una vez que el Señor escuchó la petición de los hermanos, les dijo: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? (Mt 20,22). Vosotros deseáis sentaros a mi lado, pero debéis contestarme antes a lo que os pregunto: ¿Podéis beber el cáliz qué yo he de beber? ¿No os resulta amargo el cáliz de la humildad, a vosotros que buscáis los puestos de grandeza?

San Agustín.- Sermón 20 A, 6-8.

Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco

El trabajo bien hecho. Cuando se detecta una enorme felicidad de los días de trabajo de los maestros, al mismo tiempo se demuestra el entusiasmo de los discípulos. Ojalá que en nuestros días los ministros de la Palabra insistan tanto al auditorio de fieles que no tengan tiempo libre para preocuparse del cuerpo.

San Beda el Venerable.- Exposición al Evangelio de Marcos, 2,5,31.

No llevéis nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón

Preceptos y consejos divinos. ¿Acaso manda a todos no tener más que dos túnicas, ni comida en la despensa, ni dinero en la bolsa, ni un bastón en la mano, ni calzado para los pies? ¿Qué vendan todo lo que poseen, lo den a los pobres, y sigan a Jesús? Ciertamente no, sino sólo a los que quieran ser perfectos… En el Evangelio, el Señor dice al muchacho que se jactaba de haber cumplido la ley: “Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y sígueme”. Parece que no desea imponer una carga pesada a los que no quieren, por eso lo dejó a la propia voluntad del que oía, diciendo: “Si quieres ser perfecto”.

San Jerónimo.-Contra Joviniano, 2,6.

Y no podía hacer allí ningún milagro

Obstáculos a la gracia de Dios. Cristo confió entre algunos de manera sobreabundante el poder de las curaciones, hasta el punto que el evangelista pudo decir: “Y curó a todos de sus enfermedades”. Pero con otros el abismo sin fondo de todas sus buenas acciones se cerró de tal manera que por eso se dice: “Jesús no podía hacer con ellos ningún milagro por culpa de la incredulidad de aquellos”. La liberalidad de Dios se acopla a la capacidad de la fe humana de tal forma que pudiera decir a uno: “Hágase conforme a tu fe”; y a otro: “Vete, que se cumpla conforme has creído”, y a un tercero: “Que se haga lo que deseas”, y también a otro: “Tu fe te ha salvado”.

Juan Casiano.- Conferencia, 13,15.

Curación de la hemorroisa

Ironías sobre su curación. Gloria a ti, Hijo de la substancia escondida, puesto que mediante la enfermedad oculta y los tormentos de una mujer afligida por el flujo de sangre, fue anunciada tu curación oculta, y la muchedumbre pudo contemplar la divinidad oculta por medio de una mujer visible. Mientras que el Hijo curaba, aparecía su divinidad, y mediante la curación del flujo de sangre de una mujer, se manifiesta su fe. Ella le hizo objeto de su predicación, e incluso ella misma era predicada juntamente con Él; tanto la verdad como sus pregoneros eran a la vez proclamados. Lo mismo que esta mujer fue testimonio claro de la divinidad del Señor, también Él fue testimonio de la fe de ella. La mujer le entregó su fe y a cambio, como recompensa, Él le concedió la curación.

San Efrén de Nisibe.- Comentario al Diatessaron, 7, 1-2.

La barca ya se inundaba

Probando a los discípulos. Mientras el Señor dormía reclinado probaba a sus discípulos y forzaba el milagro, lo que incluso puede llevar a contrición a los malos. Cuando despertó, increpó al mar y se calmó la tempestad, les demostró dos cosas: que aquella tempestad del mar no era sólo por culpa de los vientos, sino por el temor hacia su Señor que caminaba sobre el mar; y en segundo lugar, porque el Señor que increpó al mar no era una criatura, sino su Creador.

San Atanasio.- Carta festal, 29.

Duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece

Perfección del bien obrar. El hombre echa la semilla en la tierra cuando forma en su corazón el buen propósito; y después de haber echado la semilla se duerme, porque ya descansa en la esperanza de haber obrado bien; pero se levanta de noche, porque marcha entre lo próspero y lo adverso; y la semilla germina y crece sin él darse cuenta, porque, aunque todavía no puede advertir su crecimiento, la virtud, una vez concebida, camina a la perfección, y de suyo la tierra fructifica, porque, con la gracia proveniente, el alma del hombre se levanta espontáneamente a la perfección del bien obrar.

San Gregorio Magno.- Homilías sobre Ezequiel, 2,3,5.