Le tocó

¿Por qué Jesús tocó al leproso? ¿Por qué “le tocó” el Señor, cuando la ley prohibía tocar a los leprosos? Le tocó para mostrar que “todas las cosas son limpias para el limpio”, ya que la suciedad de unos no se adhiere a otros, ni la inmundicia ajena mancha a los inmaculados. Además le tocó para demostrar la humildad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, para no odiar a nadie para no despreciar a nadie en razón de las heridas o manchas del cuerpo, que son una imitación del Señor y fue por lo que Él mismo hizo… Al extender la mano para tocarle, la lepra desapareció; la mano del Señor no encontró la lepra, sino que tocó un cuerpo ya curado. Consideremos ahora nosotros, queridísimos hermanos, que no haya en nuestra alma la lepra de ningún pecado; que no  retengamos en nuestro corazón ninguna contaminación de culpa, y si la tuviéramos, al instante adoremos al Señor y digámosle: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

Orígenes.- Homilías sobre el Evangelio de San Mateo,  2, 2-3.

La suegra de Simón estaba acostada con fiebre

El olor pestilente del pecado convertido en el perfume de la penitencia. Está Jesús de pie ante nuestro lecho. ¿Y nosotros yacemos? Levantémonos y pongámonos de pie: es para nosotros una vergüenza que estemos acostados ante Jesús. Alguien podrá decir: ¿dónde está Jesús? Jesús está ahora aquí. “En medio de vosotros –dice el evangelio- está uno a quien no conocéis”. “El reino de Dios está entre vosotros”. Creamos y veamos que Jesús está presente. Si no podemos tocar su mano, postrémonos a sus pies. Si no podemos llegar a su cabeza, al menos lavemos sus pies con nuestras lágrimas. Nuestra penitencia es ungüento del Salvador. Mira cuán grande es su misericordia. Nuestros pecados huelen, son podredumbre y, sin embargo, si hacemos penitencia por los pecados, si los lloramos, nuestros pútridos pecados se convierten en ungüento del Señor. Pidamos, por tanto, al Señor que nos tome de la mano. “Y al instante –dice- la fiebre la dejó”. Apenas la toma de la mano, huye la fiebre.

San Jerónimo.-Comentario al Evangelio de San Marcos. Homilía 2.

Y quedaron asombrados de su enseñanza

La autoridad del Señor. Yo me pregunto ¿Qué había enseñado de nuevo? ¿Qué de nuevo había predicado? Decía de sí mismo las mismas cosas que habían dicho los profetas. Mas se admiraban por esto, porque enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. No enseñaba como un maestro, sino como el Señor: no hablaba, apoyándose en otra autoridad superior, sino que hablaba él mismo con la autoridad que le era propia. Hablaba así, en definitiva, porque con su propia esencia estaba diciendo lo que había dicho por medio de los profetas. “Yo que hablaba, he aquí que estoy presente” (Is 52,6).

San Jerónimo.-Comentario al Evangelio de San Marcos. Homilía 2.

Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres

Vocación de unos analfabetos. Nosotros no podemos ver cómo es muy pocos años, a pesar de las persecuciones que amenazaban a los seguidores del cristianismo, a pesar de la muerte de algunos y del despojo de otros, la Palabra ha conseguido anunciarse por toda la tierra, sin tener abundantes maestros hasta el punto que griegos y bárbaros, sabios e ignorantes, se han adherido a la religión predicada por Jesús; y no podemos dudar que esto se ha hecho con algo más que las fuerzas humanas, puesto que Jesús ha enseñado con toda la autoridad y la fuerza persuasiva necesarias para que la Palabra se impusiera.

Orígenes.-Sobre los principios 4,1,2.

He aquí el Cordero de Dios, dice Juan. Al oírle hablar, los dos discípulos siguieron a Jesús. Vuelto Jesús y observando que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos respondieron: Rabí -que significa maestro-, ¿dónde vives? (Jn 1,37-38). Ellos no le siguen como para unirse ya a él, pues se sabe cuándo se le unieron: cuando los llamó estando en la barca. Uno de los dos era Andrés, como acabáis de oír. Andrés era el hermano de Pedro, y sabemos por el evangelio que el Señor llamó a Pedro y a Andrés cuando estaban en la barca, con estas palabras: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres (Mt 4,19). Desde aquel momento se unieron a él, para no separarse ya. Ahora, pues, le siguen estos dos, no con la intención de no separarse ya; simplemente querían ver dónde vivía y cumplir lo que está escrito: El dintel de tus puertas desgaste tus pies; levántate para venir a él siempre e instrúyete en sus preceptos (Eclo 6,36). Él les mostró dónde moraba; ellos fueron y se quedaron con él. ¡Qué día tan feliz y qué noche tan deliciosa pasaron! ¿Quién podrá decirnos lo que oyeron de boca del Señor? Edifiquemos y levantemos también nosotros una casa en nuestro corazón a donde venga él a hablar con nosotros y a enseñarnos.

San Agustín.-Comentarios sobre el evangelio de San Juan, 7, 9-10.

Cristo es iluminado: dejémonos iluminar junto con él; Cristo se hace bautizar: descendamos al mismo tiempo que él, para ascender con él.

Juan está bautizando, y Cristo se acerca; tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado; y sin duda para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua.

Juan se niega, Jesús insiste. Entonces: Soy yo el que necesito que tú me bautices, le dice la lámpara al Sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, el mayor entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación, el que había saltado de júbilo en el seno materno al que había sido ya adorado cuando estaba en él, el que era y habría de ser precursor al que se había manifestado y se manifestará. Soy yo el que necesito que tú me bautices; y podría haber añadido: «Por tu causa.» Pues sabía muy bien que habría de ser bautizado con el martirio; o que, como a Pedro, no sólo le lavarían los pies.

Pero Jesús, por su parte, asciende también de las aguas; pues se lleva consigo hacia lo alto al mundo, y mira cómo se abren de par en par los cielos que Adán había hecho que se cerraran para sí y para su posteridad, del mismo modo que se había cerrado el paraíso con la espada de fuego.

También el Espíritu da testimonio de la divinidad, acudiendo en favor de quien es su semejante; y la voz desciende del cielo, pues del cielo procede precisamente Aquel de quien se daba testimonio; del mismo modo que la paloma, aparecida en forma visible, honra el cuerpo de Cristo, que por deificación era también Dios. Así también, muchos siglos antes, la paloma había anunciado el fin del diluvio.

San Gregorio Nacianceno.- Sermón 39. En las sagradas Luminarias, 14-16. 

Una vez conocido y adorado nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació entonces en un lugar estrecho y ahora está sentado en el cielo para elevarnos allí; nosotros, de quienes eran primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines de la tierra, a causa de quienes la ceguera entró parcialmente en Israel hasta que llegare la plenitud de los gentiles, anunciémosle, pues, en esta tierra, en este país de nuestra carne, de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo las huellas de nuestra vida antigua. Esto es lo que significa el que aquellos magos no volvieran por donde habían venido. El cambio de ruta es el cambio de vida. También para nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también a nosotros nos condujo a adorar a Cristo, cual una estrella, la luz resplandeciente de la verdad; también nosotros hemos escuchado con oído fiel la profecía proclamada en el pueblo judío, cual sentencia contra ellos mismos que no nos acompañaron; también nosotros hemos honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo queda que para anunciarle a él tomemos la nueva ruta y no regresemos por donde vinimos.

San Agustín.- Sermón 202

Para orar con la liturgia

«Canten mis labios las alabanzas del Señor, 

de ese Señor por el que fueron hechas todas las cosas 

y por el que fue hecho Él en medio de las mismas; 

de ese Señor que es el manifestador del Padre 

y el creador de su Madre; 

Hijo del Padre Dios sin madre, 

hijo del hombre de madre sin padre; 

gran luz de los Ángeles, 

pequeña en la luz de los hombres; 

Palabra de Dios antes de los tiempos; 

palabra humana en el tiempo oportuno, 

creador del sol, 

creado bajo el sol»

S. Agustín.- Cuarto Sermón de Navidad, 1 

La Iglesia, como Maríavirgen y madre

La Palabra del Padre por la que fueron hechos los tiempos, al hacerse carne, nos regaló el día de su nacimiento en el tiempo; en su origen humano quiso tener también un día aquel sin cuya anuencia divina no transcurre ni un día. Estando junto al Padre, precede a todos los siglos; naciendo de la madre se introdujo en este día en el curso de los años. El Hacedor del hombre se hizo hombre, de forma que toma el pecho quien gobierna los astros; siente hambre el Pan, sed la Fuente; duerme la Luz, el Camino se fatiga en la marcha, la Verdad es acusada por falsos testigos, el Juez de vivos y muertos es juzgado por un juez mortal; la Justicia condenada por gente injusta, la Disciplina castigada con flagelos, el Racimo coronado de espinas, la Base colgada de un madero, la Fortaleza debilitada, la Salud herida, la Vida muere. Aunque él, que por nosotros sufrió tantos males, no hizo mal alguno, ni nosotros, que por él recibimos tantos bienes, merecíamos algún bien, para librarnos a nosotros, a pesar de ser indignos, aceptó sufrir todas aquellas indignidades y otras parecidas. Con esa finalidad, pues, el que existía como hijo de Dios desde antes de todos los siglos sin comienzo de días, se dignó hacerse hijo del hombre en los últimos días, y el que había nacido del Padre, sin ser hecho por él, fue hecho en la madre que él había hecho, para hallarse aquí, en un momento determinado, nacido de aquella que nunca y en ningún lugar hubiera podido existir a no ser por él.

San Agustín.- Sermón 191.

Los sacrificios muestran la pobreza de María y de José

Parece admirable que el sacrificio de María no haya sido la primera ofenda, es decir “un cordero de un año”, sino la segunda, pues no podía ofrecer la primera. Así está escrito que sus padres vinieron a “ofrecer” por Él “un sacrificio, como está mandado en la Ley del Señor, un par de tórtolas y dos pichones”. Además, esto manifiesta la verdad de lo que está escrito: Jesucristo “siendo rico, se hizo pobre”. Por esta razón eligió pobre a la madre de la que iba a nacer, lo mismo que una patria pobre, de la que se había dicho: “Y tú Belén, eres la menor de las tribus de Judá”…etc.

Orígenes.- Homilías sobre el levítico, 8,4.